Tic tac tic tac (tiempo, necesidad, desaliento). Carlos Lalastra

Ayer, involuntariamente y por mudanza, desempolvaba recuerdos. Ocultos en cajas o embalados cuidadosamente, demostrando aquel deseo pasado de preservarlos, me reencontré con mis “tesoros “ de un tiempo. Con esa conocida sensación de lo ya vivido, repasé lo conveniente de nuestra relación. Ni siquiera hacía tanto tiempo que decidí guardarlos coincidiendo con mi último traslado; entonces los encontré “ poco adecuados” para mi nuevo escenario pero reconociéndoles algún valor y procrastinando su Emaús, los almacené con la esperanza de un reencuentro cercano.

Tic tac tic tac. Carlos Lalastra

Tic tac tic tac. Carlos Lalastra

Uno por uno y en un tiovivo de recuerdos, examiné fotos, cuadros, libros y objetos de mi patético botín. Los recordaba diferentes, no me parecieron los mismos objetos acreedores del indulto en aquella mudanza. Qué desencanto, qué estupidez… Ninguno de aquellos trofeos se me hizo acreedor de un nuevo indulto; repasé varias veces el contenido de las cajas y no encontré nada… Nada sino deseos de persistencia y súplicas de evocación, recuerdos que ya no lo eran, memoria descartable, necesidad de nuevos caminos…

De todas las cosas que el ser humano desea sentirse capaz de controlar, sólo una le rehúye obstinadamente: el tiempo. La directa relación entre el tiempo y el manufacturado humano, artístico o no, escapa a cualquier discusión; y esa falta de control sobre el tiempo es la que nos hace dotarlo de un valor no comparable, obligándonos, descontrolada y tercamente, a contextualizarlo con nosotros mismos y con nuestros actos.

Nuestras “cosas” adquieren relevancia en directa relación con el momento. Lo caduco es rechazado, y únicamente el valor simbólico de representación de ese tiempo que ya no es recuperable, ni posible, es capaz de salvarlo de la pira de la existencia.

El acto de la creación no es si no un modo de pertenencia a un tiempo, a un instante; y lleva implícita la necesidad de, en la consciencia de lo perecedero del acto, trascender con actitud soberbia hacia la inmortalidad.  El arte ejercita fanáticamente estos caminos de trascendencia, encontrando en esa actitud, su propio rasero y el exponente de sus propias capacidades creativas. En el mundo de la expresión artística, el tiempo es juez insobornable que reposiciona y reescribe las jerarquías estéticas, su valor de cambio y necesidad histórica.

Y es por eso que el acercamiento a la creatividad en base al deseo de persistencia en lo temporal, no aporta si no modismos pasajeros fácilmente identificables y carentes de ese valor de trascendencia que el autor tanto anhelaba.

Nuestras “cosas” trascienden en el tiempo y se mutan en intemporales, pero trascienden por la necesidad imperiosa de su autor en enfrentarse con el momento, por su ajenidad con el acto de su alumbramiento, por el menosprecio de su ego al reconocimiento futuro, trascienden por disfrutar el parto como algo que únicamente tiene el valor de ese instante. Solo el desaliento es capaz de truncar la creatividad y solo al límite del desaliento se es capaz llevarla a los extremos de la razón e hilvanarla con la espiritualidad pura y la trascendencia.

El camino del desaliento es un senda que sólo emprenden los que hacen de “la búsqueda” su meta.

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