Estar siempre empezando, por Cristina Redondo
septiembre 26, 2011 Dejar un comentario
Uno a uno, van cayendo.
Mientras el señor Justo Gallego sigue levantando a mano su obra catedralicia en Mejorada del Campo, Madrid, las ciudades derruyen, como pueden, aquello que una vez edificaron y llamaron cultura, o llamaron Festival de cine documental, o llamaron Centro de Expresión contemporánea, o llamaron conocimiento, o llamaron investigación, o llamaron subvención para la creación, o llamaron patrimonio inmaterial de las comunidades.
Como si perdiéramos la confianza en el futuro, hay quien condena al ostracismo a las piezas clave en la transformación de los individuos. Somos legos todavía, no aprendemos por mucho que la historia nos de lecciones recurrentes, y como el juego del lego que también somos, nos levantamos y nos caemos derruidos, empujados por los que tienen la prisa de la contención sin reflexión. Corremos el riesgo de estar siempre empezando, de habitar sostenidos en los gerundios para olvidarnos de los infinitivos, porque cada vez hay menos distancia entre los tiempos del acoso y derribo, y los tiempos de la regeneración: brotes verdes para siempre.
Justo Gallego construye desde hace más de cuarenta años una catedral que paradójicamente se sustenta sobre desechos de la ciudad. Los escombros de otros espacios sirven para elevar su catedral a lo más alto, no puede haber nada más divino ni más próximo a la locura. Tres cúpulas coronan la proeza, se alzan descaradas sobre un pueblo estupefacto, porque este señor desafía todas las leyes que rigen nuestra contemporaneidad política y social. Es la metáfora viva de la fuerza de una idea, frente a la ignorancia y el afán destructivo de otros empeños.
En esta ciudad que es la nuestra, también generamos escombros, edificios muertos antes de tiempo, proyectos truncados y desaparecidos en los combates de las mesas de la dialéctica; así que, esforzados en el reciclaje obsesivo de cada pelo que se nos cae de los cabellos, como héroes y heroínas griegos aferrados a sus tesoros, deberíamos pedirle a Justo Gallego que nos rescate pieza a pieza, parte a parte, que nuestros escombros sostengan, al menos, fragmentos de su quimérica hazaña. Nuestras culturas políticas, festivales de cine desaparecidos, nuestras subvenciones, nuestros creadores y artistas, nuestra reflexión y sentido crítico, nuestro derecho a la discrepancia, a opinar y decidir sobre lo que importa, todos estos restos de una ciudad deshabitada serán los ladrillos imperfectos que se yerguen sobre capiteles, suelos amorfos de escalera, hierros que conforman cúpulas de las catedrales de los conquistadores de lo imposible.
Dicen, los profesores, que la Educación no es gasto, es inversión, y deberíamos añadir los programadores, gestores, directores, comisarios, críticos, cineastas, creadores, artistas, literatos, etc, que la cultura no es gasto tampoco, es la transfusión necesaria en los tiempos de escasez, un patrimonio inmaterial, en ocasiones, que siempre acaba volviéndose tangible y rentable, que nos empuja al precipicio del discurso, al crecimiento sostenido como individuos, nos atrapa en el pensamiento crítico, la reflexión y la duda.
Imagino un terruño desierto invadido por el humo. Imagino que lo olvido todo y que nadie me cuenta nada nuevo, nada que no haya escuchado antes, nada que no me suene a disco rayado y justificación vacía, y toda esa nada ingente acabará volviéndome invisible hasta desaparecer.
